El extraño caso de la fundación del universo y la odisea que conlleva encontrar su secreto o La belleza que se entrega por partes separadas como un juego por mantenernos entretenidos, pero que sin embargo vale la pena encontrar o De cómo las cosas se encuentran donde no las buscamos
Antes de empezar a escribir nadie sabe cómo terminará. Es un mal rotundo, dado, claro está, a que los sentimientos cambian constantemente. Eso, gracias al devenir del destino, dicen algunos filósofos. Pero, en realidad ese no era mi problema. El problema era: lo que debía decir el texto.
Una gran responsabilidad tratar de resumir la grandiosidad de una fecha tan importante, y que además no quedara mutilada como para quedarse en deuda. Un problema enorme ¿no? Por, otro lado el regalo. ¿Qué se le puede regalar a alguien que probablemente lo tiene todo? ¿Qué puede regalar un simple mortal? Un dilema casi resuelto, si en las tiendas vendieran lunas, soles, estrellas o uno que otro cometa sideral. Sin embargo el libre mercado no ha llegado a tales extremos, por lo que el dilema seguía pendiente. Debía ser algo especial y único. Aunque en ese sentido las tiendas de conveniencia no tiene mucho que ofrecer. Teniendo en cuenta que la manufactura de remedios chinos basados en huesos de dragón dejaron de darse desde el siglo XII.
Al final del día y de una meditación profunda, no quedó más que resinarme a lo elemental. Lo mejor que podría dar es un pequeño cuento, y empieza así:
…Se dice que en el principio todo era oscuridad. No había nada. Además del silencio, quien muy juicioso usaba zapatos de goma para no exiliarse él mismo. No había más allá de la luna, porque no había luna. Entonces al no haber luz, ni universo, todo era aburrido y sin chiste alguno. De allí le partió la idea del universo. De un lugar donde todo pudiera pasar. Donde se pudiera tener un concierto de luces y centellas constantemente. La idea no parecía tan descabellada, teniendo en cuenta que no había, hasta ese entonces, nada parecido. Trabajó durante seis siglos y en el séptimo descansó. No había nada tan hermoso como lo que había hecho. Se sentía feliz. Aunque esa felicidad no estaba completa. Sentía que era inútil trabajar durante tanto tiempo y que nadie lo admirara. Su creación era perfecta, no le faltaba ni le sobraba nada. Por ello lo pensó antes de crear quien admirara su obra. Y decidió no mostrarla. Era demasiado hermosa. Como estaba ya contra el tiempo y tenía un poco de práctica con el trabajo anterior, decidió crear otro universo. Lo hizo en 6 días y seis noches. El último descansó, porque le sobró un día del planeado. El anterior trabajo lo guardó entre sus cosas personales. Allí donde tenía el reloj del tiempo, el libro de la vida y uno que otro dulce. Lo hizo dos estrellas, las cuales emitían su luz propia. Él se divertía viéndolas antes de dormir, cuando cobraban vida y volaban por su habitación. Eran dos luminiscencias únicas. En su segundo trabajo, intencionalmente, no hizo tan bello como el primero. De esa manera logró incluir seres que admiraban la belleza y la expresaban.
Desafortunadamente, estos seres, ya sea por pereza o por dejadez, no leyeron bien las instrucciones para permanecer allí y tuvieron que mudarse a una casa un tanto distinta, pero con un alquiler un poco más alto. Así pasaron los siglos. Una hipoteca que no terminaba. Un salario que no alcanzaba y lo peor de todo, con pocas esperanzas de ascenso. Aparentemente nada podía mejorar. Al ver esto, el dueño de la casa, decidió darles un regalo a sus hipotecados.
Obsequiarles las luminiscencias que había creado hace bastante tiempo. Pensó que de esa forma podrían estimularse para terminar el pago. Y las entregó un veinte de noviembre en una bella niña, de quién nunca dio el nombre. Pero les dio la misión de buscarla y admirar la belleza de su primera creación. Únicamente dijo que sería un ser especial, que irradiaría vida por los ojos y que se reconocería inmediatamente al verla. Esto dado a la belleza que llevaba y por supuesto al universo en sus pupilas. Es así como todos los años, las personas salen a la búsqueda de la niña en todas las partes del mundo. Esto los veintes de noviembre. Se congregan a esperar que sus ojos iluminen el cielo, como cuenta la leyenda. ¿Y sucede? Claro que sucede. Pero muy pocos logran llegar hasta su origen. Debe atravesar lagos, ríos, desiertos, mares y vendedores de lapiceros para encontrarla, y al verla se sienten satisfechos. Luego regresan a contar la aventura y presumirla con sus amigos del boliche. Aunque el verdadero secreto para ver la primera creación universal en sus ojos es conocerla personalmente e invitarla a almorzar. Allí se dan cuenta, que todo era una trampa. Que nunca dejaron la belleza universal en sus ojos. Que era solo un señuelo para despistar incautos y vender postales. Con el tiempo uno se da cuenta esa gran creación no está escondida en sus ojos, sino que en su corazón…